Trasladado al convento de la Recolección de Santa María de Loreto (Sevilla) para completar su formación, estudia filosofía y teología. Aquí se ordena y canta su primera misa el 4 de octubre de 1576. Su celo por la cura de almas le empuja a predicar sin desmayo, iniciando este ministerio precisamente en Montilla. Para entonces ya mostraba inquietud por la música, afición que creció siendo vicario de coro en Loreto, y compañera fiel después en su estancia sudamericana. Usaba sobre todo el violín. Desde Montilla prosigue su periplo misionero por la provincia, creándose un curriculum nada desdeñable. Fue maestro de novicios en el convento La Arruzafa (Córdoba, 1581). En 1583 lo encontramos en Montoro auxiliando a los afectados por la peste y contrayendo incluso la enfermedad, aunque sanó. En 1586 fue guardián de San Francisco del Monte (Adamuz, Córdoba). A estas alturas de su vida, casi todos los pueblos cordobeses habían oído su palabra, creciendo su fama día a día. Una corta estancia (1587) en el convento de San Luis el Real en la Zubia granadina (donde fue recibido con gran admiración), y ya ronda en su cabeza la idea de marchar como misionero a tierras lejanas. Solicita trasladarse a Africa, aunque dicha petición se le deniega. No se arredra y en 1589 consigue figurar en el largo pasaje de franciscanos que, a petición de Felipe II, emigraban para evangelizar en el Nuevo Continente. Se embarca en Sanlúcar de Barrameda el 28 de febrero de 1589 y pisa suelo americano en 1590. Colombia, Panamá, Chile, Paraguay, Argentina, Perú y tantos otros lugares escucharon sus prédicas, estableciéndose finalmente en la capital del antiguo imperio incaico, donde se convierte en ferviente defensor de los indios y en predicador incansable hasta su muerte. Sus restos se conservan precisamente en Lima.
Los hechos sobrenaturales que se le atribuyen en vida y su generosa entrega a los demás motivaron su beatificación en Roma por Clemente X (25 de enero de 1675) y su posterior canonización por Benedicto XIII (27 de diciembre de 1726). Era el respaldo oficial de la Iglesia. Sin embargo, mucho antes de que Roma lo elevara a los altares, ya era reconocido como patrono de numerosas localidades americanas y benefactor de su ciudad natal. Montilla votó públicamente su patronazgo merced a la gestión conjunta promovida en tal sentido por los marqueses de Priego y los cabildos secular y eclesiástico el 14 de marzo de 1647 (para otros autores, el 25 del mismo mes). Su bula fue aprobada definitivamente por Benedicto XIV en 1745.


























