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Viene a ser un vino pálido y seco, levemente amargoso, ligero y fragante al paladar, de transparente color pajizo con reminiscencias de topacio verdoso en los tipos más “delicados”, y de graduación alcohólica comprendida entre los 14 y 17 grados naturales. Es el prototipo de los vinos de Montilla, el que triunfa en la hora alegre del abundante copeo. Su finura le hace apto para alternar con natural señorío en ocasiones diferentes, se trate de mariscos o “tapas” en general, acompañando los entremeses de una comida, e incluso, en los “finos” más “chicos” formando parte de ella, para subrayar, por ejemplo, con el prodigio de sus esencias, la calidad de un buen pescado.